Industria textil

June 18, 2020

La ropa que llevamos tiene un impacto medioambiental que pocas conocemos, así que en esta publicación vamos a hablar un poco de ella y cómo podemos reducir en la medida de lo posible su impacto. ¡Vamos allá!

Vamos a empezar definiendo qué es la industria textil: es aquella dedicada a la fabricación de materiales para confeccionar prendas. Como nos podemos imaginar, la ropa no sale de la nada, sino que se necesita una serie de materias primas energía, maquinaria y personas que intervengan en el proceso. ¿Cómo podemos saber cuánto contaminan los pantalones o la camiseta que llevamos puestos o la cantidad de materias que requieren?

En primer lugar, podemos conocer la huella hídrica aproximada teniendo en cuenta varios factores: el material de la prenda y cómo se ha obtenido, cómo se ha procesado para formar la prenda y, una vez la hemos adquirido, lo que gastamos en lavarla y mantenerla. Por supuesto, el último factor se puede reducir llenando el tambor de la lavadora; en realidad, lo más problemático es su obtención y su tratamiento. Por ejemplo, una camiseta de algodón necesitaría unos 2700 litros de agua, aunque también hay que tener en cuenta si ese algodón se ha plantado en una zona con lluvia abundante o, por el contrario, si proviene de plantaciones que dependen del regadío porque de la primera manera se aprovecha el ciclo natural del agua y, de la segunda, se necesita extraer el agua de ríos u otras fuentes. Las plantaciones de algunos materiales, como el algodón, tienen un gran impacto en el ecosistema, como la desviación de los cauces de los ríos. Además, durante el tratamiento de los tejidos, se vierten ingentes cantidades de tóxicos a las aguas, que más tarde tendrán un impacto en el ecosistema local y la sociedad cercana.

Para más detalles, mirar Ecología Cotidiana.


¿Qué es la huella de carbono?

Es un indicador que nos ayuda a medir de manera aproximada los gases de efecto invernadero que emite una actividad. En el caso de la ropa, tenemos que pensar en el material de la prenda (fibras naturales o fibras sintéticas, algunas derivadas del petróleo como el poliéster o el nylon), la distancia que recorre la prenda desde el país en el que se crea el material, el lugar donde se confecciona y, por último, el lugar en el que lo compramos. Al final, comprar ropa fabricada en otros países, sobre todo en aquellos lejanos en los que las empresas han colocado sus fábricas para reducir gastos, tiene un impacto medioambiental que no imaginábamos. Asimismo, muchos de los tejidos con los que nos vestimos no son reciclables, sobre todo las fibras sintéticas, así que después de su corta vida, a veces debido a su mala calidad o a las modas pasajeras, terminan, con mucha suerte, en un punto limpio. Lo triste es que esa prenda cuya vida fue efímera no volverá a transformarse en otra y todos los recursos invertidos en su fabricación no se corresponderán con el uso real que se le ha dado a la prenda. Esto, sumado a lo contaminante que es su proceso de producción y desplazamiento hasta el almacén y el punto de venta, supone un alto nivel de contaminación.

Por si fuera poco, además de perjudicar al planeta, también perjudica gravemente los derechos sociales, sobre todo los derechos de niños y mujeres, lo que fomenta y refuerza la feminización de la pobreza. Con datos reales aproximados, una mujer en una fábrica en India o Bangladesh puede trabajar jornadas de 14 horas, sin derecho a descansos ni momentos para ir al baño y, si vive a kilómetros de su lugar de trabajo, incluso puede que tenga que dormir allí, sin tener la posibilidad de ver a su familia; se conforman con ganar unos una miseria al mes con el sueño de que sus hijas puedan tener un futuro y no se vean obligadas a correr la misma suerte que ellas. Los niños y niñas, obligados a trabajar, no tienen tiempo para jugar, ni derechos, ni condiciones salubres y llegan a cobrar, en Bangladesh, entre 10 y 20 dólares mensuales (OIT). Además, el tratamiento de algunos materiales es altamente perjudicial para la salud y algunos hombres han llegado a tener hijos con malformaciones debido a la continua exposición con elementos que atentan contra su seguridad (documental The true cost). Esta realidad deja ver que la justicia climática es justicia social y vivir respetando los límites de la naturaleza y la vida del resto de seres vivos con los que compartimos casa.

Quizás todos estos datos te hayan abrumado, pero tranquila, no estás sola. El primer paso hacia un futuro sostenible es darse cuenta de lo que falla en el presente e intentar luchar para que cambie. Te animamos a que reduzcas tus compras de ropa, pruebes con la de segunda mano, porque la moda más sostenible es aquella que ya existe, o que, en la medida de tus posibilidades, apoyes a marcas locales y sostenibles, que tengan en cuenta los derechos humanos y respeten el medioambiente.

¡No olvides que estamos juntas en esto!